Una cronología alternativa para la historia de la Humanidad
Confieso que, en calidad de persona formada en un paradigma científico que se ajusta a las pruebas observables, no me resulta fácil abordar según qué visiones alternativas de la existencia humana, que parecen tener su fundamento en la mitología, el misticismo o el esoterismo; en suma, en concepciones de tipo más bien metafísico. Sin embargo, estamos en un momento histórico en que el viejo paradigma materialista parece estar debilitándose a marchas forzadas, al tiempo que se están abriendo nuevas puertas a conocimientos que cabalgan entre las modernas teorías científicas y las más antiguas tradiciones místicas, y creo que todo ello podemos extraer útiles enseñanzas y nuevas perspectivas que nos permitan avanzar en el proceso de autoconocimiento del ser humano.
Así pues, en este artículo presentaré el trabajo de un autor alternativo, Phillip Lindsay, que ha profundizado en el tema de la historia de la Humanidad desde un enfoque bien alejado del actual paradigma materialista-reduccionista, si bien es justo reconocer que no elude ciertas cuestiones que podríamos situar en la investigación empírica convencional.
Lindsay, astrólogo profesional, es autor de un libro titulado The Hidden History of Humankind (“La historia oculta de la Humanidad”) en el cual postula que la visión académica sobre el concepto de tiempo histórico está equivocada y que la tradición esotérica ofrece respuestas mucho más certeras sobre la existencia del hombre a lo largo de periodos de tiempo extremadamente largos. Básicamente, el punto de partida de Lindsay es la creencia de que la Historia de la Humanidad es cíclica y no lineal, a diferencia de lo que defiende el presente paradigma evolucionista y como venía defendiendo desde hace siglos la tradición judeo-cristiana. Esta visión cíclica de la existencia humana tiene su origen en las creencias y mitologías de varias culturas y civilizaciones antiguas, y de alguna manera se popularizó en el mundo occidental gracias al éxito de ciertas corrientes esotéricas como la famosa Teosofía de Madame Blavatsky.
Este concepto cíclico alcanza su máxima expresión en la tradición hindú, según la cual la existencia humana está inserida en un infinito ciclo de nacimientos, muertes y renacimientos de universos de una duración enorme. De hecho, el llamado “día de Brahma” tiene una extensión de 4.320.000.000 años humanos, los mismos que la “noche de Brahma”, con la cual se completa un ciclo evolutivo de 8.640.000.000 años. Como se puede comprobar, este tiempo excede con mucho las cronologías convencionales que la ciencia asigna para la creación del sistema solar. Y, yendo aún más lejos, un “año de Brahma” dura 360 de esos días y noches, con lo cual ya tenemos una cifra astronómica
Con todo, Lindsay reconoce que la antigua visión mitológica y la ciencia contemporánea podrían estar mucho más próximas de lo que la gente cree. Para ello, no duda en citar las siguientes palabras de Fritjof Capra:
“Esta idea de un universo que se expande y se contrae periódicamente, que implica una escala de tiempo y espacio de vastas proporciones, ha surgido no sólo en la moderna cosmología, sino también en la antigua mitología hindú. Al experimentar el universo como un cosmos orgánico y rítmicamente cambiante, los hindúes fueron capaces de desarrollar cosmologías evolutivas que se acercan bastante a nuestros modelos científicos modernos.”
Para empezar a entender esta visión es preciso abandonar la idea moderna occidental de un tiempo histórico o geológico y abrazar el concepto de un tiempo cósmico de una enorme duración en el cual la especie humana está presente desde épocas “imposibles” y evoluciona en función de unos patrones de conciencia, que desde luego no tienen nada que ver con la selección natural, el azar, o cualquier factor de tipo material. Para Lindsay, la limitación de la historia de la civilización humana a unos pocos miles de años no es más que un esquema mental repetitivo y cansino, que ni siquiera concuerda con algunas pruebas observables, como han sacado a relucir algunos investigadores alternativos.
Lindsay ha explorado los supuestos motivos que explicarían por qué los historiadores se muestran tan reacios a contemplar grandes extensiones de tiempo para la existencia humana, llegando a las siguientes conclusiones:
- Los historiadores occidentales han desestimado sistemáticamente las antiguas tradiciones asiáticas y americanas, debido a un sesgo claramente eurocéntrico. Así, todo lo que queda fuera de la cristiandad bíblica (en siglos pasados[1]) o del materialismo científico (actualmente) se ha rechazado sin más, aplicando una especie de filtro cognitivo.
- En los últimos tiempos se ha venido aplicando una mentalidad limitada que sólo emplea los cinco sentidos físicos. Esta mentalidad está fuertemente enraizada en Occidente y muy en particular en el ámbito anglosajón. El uso de la intuición como sexto sentido debería extenderse en una próxima raza humana (la sexta raza primigenia[2]).
- Desde ciertos sectores del mundo académico (como el Instituto Smithsoniano) se ha querido ocultar, suprimir o destruir pruebas de la existencia de culturas megalíticas que precedieron a nuestras civilizaciones conocidas. Cualquier indicio en este sentido es ignorado, rechazado o ridiculizado por los expertos académicos, como en el caso de las muchas ciudades de civilizaciones avanzadas que fueron cubiertas por las aguas.
- Los arqueólogos se enfrentan a una gran diversidad de restos antiguos en un mismo yacimiento y son incapaces de distinguir o discriminar lo que pertenece a un periodo concreto y no a otro. Por ejemplo, en Sudamérica, muchos autores alternativos han dejado claro que una cosa son los restos megalíticos y otra cosa son los restos típicamente incas, pese a que la ciencia convencional los pone en el mismo cajón.
- Los métodos de datación están bajo sospecha, por ser falibles y no concluyentes, como las escrituras religiosas, la arqueoastronomía e incluso las técnicas radiométricas (carbono-14, series de uranio, etc.)
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| Pirámide de Djoser, en Saqqara |
| Moai de la isla de Pascua |
Por cierto, y aunque sólo sea a modo de anécdota, cabe reseñar que Blavatsky creía que el origen de los primates debía situarse en las aberraciones de los lemurianos, que –al cohabitar con ciertos animales– habrían creado unos híbridos que luego darían lugar a los ancestros de los simios. En suma, ¡el simio derivaría del humano, y no al revés, como viene defendiendo el darwinismo desde hace siglo y medio!
De estas observaciones, Lindsay realiza la pregunta nada retórica de por qué si se acepta que en épocas geológicas remotas existían animales de gran tamaño (como los dinosaurios) que luego fueron degenerando a criaturas más pequeñas, no se admita que la especie humana hubiese podido experimentar un proceso similar. A esto responden los académicos afirmando que no hay pruebas físicas de tales gigantes, lo cual es refutado por algunos autores alternativos que han estudiado esta controversia[6].
| Recreación artística de la Atlántida |
Siguiendo con la Atlántida, Lindsay recoge las ya conocidas mitologías sobre la caída en desgracia de una humanidad sabia que se dejó llevar por el materialismo y la magia negra. Sin embargo, una parte de los atlantes siguieron fieles a la Luz y ello provocó el épico enfrentamiento relatado el Mahabharata hindú, hace nada menos que cuatro millones de años. Y justo después de esta gran guerra habría tenido lugar el primero de una serie de grandes cataclismos que sufrió la Atlántida. Precisamente esta gran destrucción que casi acabó con la Humanidad habría sido el origen del mito de Manu Vaivasvata (Noé) y el Arca, un símbolo del eterno nacimiento y renacimiento, que luego fue recogido en forma en múltiples leyendas en todo el mundo. Tras este gran cataclismo, habría surgido en el Himalaya la quinta raza (iniciada con la subraza hindú), aproximadamente hace un millón de años. Finalmente, el cuarto y definitivo desastre habría tenido lugar en el Océano Atlántico y según Blavatsky ocurrió exactamente en el 9564 a. C, una fecha muy próxima a la referencia clásica de Platón (hacia el 9000 a. C.). Y ya para cerrar el círculo, nuestro mundo actual, inmerso en pleno cambio precesional hacia la era de Acuario, dará paso a una nueva raza primigenia, la sexta.
Sin embargo, no todo es tan claro como podría parecer, pues el propio Lindsay admite que muchas de las referencias temporales citadas en la Antigüedad no pueden ser tomadas literalmente, y que de algún modo hay que aplicar unas “medidas de corrección”. Así por ejemplo, concede a Platón la categoría de “iniciado”, que indicó de forma velada el segundo cataclismo ocurrido 900.000 años antes de su época, multiplicando por 100 su primera datación. De igual modo, las longevas edades de los patriarcas bíblicos, aun siendo “imposibles” para la ciencia actual, se quedarían muy cortas si se toman al pie de la letra. Lindsay asume que 1.000 años de un patriarca equivaldrían a 4,32 millones de años (¡ahí es nada!), pues no estaríamos hablando de humanos actuales, sino de seres altamente evolucionados, o dioses, por decirlo así. Todo esto nos podría parecer una estrambótica salida de tono, pero no podemos olvidar que existen listas de reyes-dioses egipcios y sumerios que supuestamente vivieron y reinaron durante cientos o miles de años, y que naturalmente son considerados por la historia convencional como monarcas míticos.
En definitiva, Lindsay presenta un escenario de enormes ciclos temporales con periódicas destrucciones que se llevan por delante mundos y humanidades enteras. Pero, desde su punto de vista, sólo son alteraciones de las formas, pues la conciencia se mantiene y avanza cíclicamente hacia su completa liberación. Cito literalmente a Phillip Lindsay:
“Una vez que la humanidad entienda la verdadera cronología de la historia del mundo, se puede establecer una base de entendimiento que dará lugar a grandes avances en muchas áreas del esfuerzo humano. Luego, el conocimiento correcto del tiempo se aplicará a todas las ciencias y el misterio del origen del alma humana se dará a conocer a todos. Esta es la promesa de la inminente Era del Aguador, Acuario.”
Poco más se puede decir sobre esta visión, que supera con mucho el marco empírico en que se mueven la arqueología y la historia de nuestro tiempo. Desde luego sería muy fácil denigrar este discurso plagado de razas y subrazas, de atlantes y dioses, y de yugas y kalpas, tachándolo de cháchara New Age o algo similar, y de hecho no son pocos los estudiosos que opinan que la teosofía es un puro fraude o simplemente una mezcolanza de mitología y ocultismo sin pies ni cabeza. Y es obvio que casi todas estas afirmaciones sólo están sostenidas por los antiguos textos sagrados o esotéricos y que contienen una gran parte de especulación y arbitrariedad, a falta de datos que podamos corroborar “dentro de nuestro ámbito de los cinco sentidos”, que sin duda es limitado.
No obstante, en la historia del ser humano hay muchos temas sin resolver, aparte de ciertas anomalías que han sido despachadas quizás demasiado rápidamente y que nos hacen reflexionar sobre la validez de todo lo que nos han enseñado sobre el origen del hombre y la civilización. Por tanto, y aun manteniendo un firme espíritu crítico, debemos plantearnos la posibilidad de que tengamos un velo delante de los ojos que nos impide acceder a ese conocimiento perdido, del cual apenas podemos intuir unos escasos retazos. De hecho, no es la primera vez que leo que la mitología está mucho más próxima a la verdad que la Historia científica...
Sea como fuere, es evidente que para poder adentrarnos en estos terrenos de la conciencia histórica debemos aparcar nuestra mente cotidiana y empezar a concebir las cosas en otros términos y desde luego sin ningún prejuicio. Por consiguiente, si, como opinan algunos científicos, el tiempo y el espacio no existen en sí mismos sino que son más bien creaciones de la mente, cualquier escenario de una enorme –por no decir infinita– extensión temporal para la conciencia humana sería factible.
© Xavier Bartlett 2014
[1] De todos modos, es bueno recordar que los fundamentalistas creacionistas –a veces presentados como única oposición al evolucionismo– siguen atrincherados a día de hoy en su interpretación literal de la Biblia.
[2] En este campo, Lindsay sigue más o menos las teorías de Blavatsky sobre la sucesión de una serie de razas humanas, desde los espíritus puros hasta las formas más materiales y burdas.
[3] En cambio, puede sorprender que –en términos geológicos– algunos tiempos teosóficos no se estiren, sino que se reduzcan. Así, el Jurásico, la era final de los dinosaurios, era situada por Blavatsky en “La doctrina secreta” no hace 65 millones de años, sino hace unos 28-20 millones de años.
[4] En general, según la teosofía, toda la historia del Antiguo Egipto estaría mal datada y debería retrasarse en cientos de miles de años, al igual que la civilización maya. La teosofía, además, concede a Egipto la categoría de repositorio y guardián de la tradición mistérica del mundo durante 800.000 años.
[5] De hecho, varios autores hacen referencia a esta ciencia sónica como un medio eficaz para levitar grandes bloques de piedra, pero también como una poderosa arma, tal y como recoge el episodio bíblico de la destrucción de las murallas de Jericó.
[6] Véase en este blog mi artículo sobre esta cuestión: “Mito y realidad de los gigantes”.


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